Embarazo, La previa

El baúl de los recuerdos (oda a mi mamá)

Esta nota la escribí cinco meses antes de que nazca Julieta.

 

Cuando mis hermanos y yo éramos chicos y mis papás se iban de viaje, ya sea por una semana o dos días, mi mamá dejaba en la cocina un calendario gigante donde marcaba los días que faltaban para que vuelvan. Por cada día, dejaba un regalo. Había desde golosinas o crayones hasta juguetes espectaculares.

Y los cumpleaños. los cumpleaños eran una verdadera fiesta. Cuando mis viejos se conocieron él odiaba festejar (una mala herencia de mi abuela paterna, que nunca disfrutó que le cantemos el feliz cumpleaños y recién hace poco, con 93 pirulos, accedió a soplar velitas) y con mucha paciencia mi mamá logró que él le tomara el gustito a esos días. “El cumpleaños empieza a la mañana y no a las doce de la noche”, nos decía ella, y se encargaba de armar un súper desayuno y comprar al menos cuatro regalos y envolverlos con papeles espectaculares para que cada miembro de la familia lleve algo hasta la cama del homenajeado, al que despertábamos con canciones, abrazos y sonrisas. Yo podía pasar horas abriendo cajones y armarios buscando mis regalos de cumple para espiar qué me habían comprado, pero ella se las rebuscaba para esconderlos en rincones de la casa que nunca encontré. Tampoco podría contabilizar las madrugadas que pasó despierta decorando tortas, sin importarle las ojeras que pudiera tener en el consultorio al día siguiente.

También recuerdo la paciencia con la que nos pintaba la cara para que juguemos a ser payasos, leones o princesas. De las zapatillas que tanto quería y me regaló cuando “me hice señorita” y de la interminable tarde de compras en Once buscando ropa para ese primer baile del colegio donde me quería ver perfecta.

¿Cuántas veces escuchamos (o nos escuchamos) decir que nuestra mamá es la mejor del mundo? Lo siento chicas. pero yo creo que, de verdad, me llevé a la mejor.

En el primer primer post les conté de la emoción de mi mamá cuando se enteró que iba a ser abuela. Desde ese día, ella compra regalos para Juli y los guarda en una caja blanca con dibujos circenses, que compró para guardar esas cosas y que luego se convertirá en una caja de chiches.

Hace unas semanas, fuimos con Fer a comer a lo de mis papás y ella sacó la caja para mostrarnos todo lo que había comprado (entre esas cosas y todo lo que me compró mi suegra la nena ya tiene más ropa que yo).

No se imaginan mi sorpresa cuando entre todas las cosas descubrí este juego:

 

Enseguida me acordé de las llaves de colores que abrían las diferentes puertas y de las formas geométricas que encastraban en el techo. Era uno de mis juegos preferidos de la infancia y mi mamá lo había guardado para el día que yo tuviera un hijo.

 
Entre tantos peluches estoy yo, súper chiquita, en el moisés. 

“Guardé ropa, juguetes y una mantita de cada uno de ustedes -dijo-. Me pareció lindo que sus hijos jueguen con objetos que a ustedes los hicieron tan felices”. Y a mi, que últimamente todo me sensibiliza, se me puso la piel de gallina. Su idea me pareció genial. Y el haber guardado (y cuidado) estos objetos por tanto tiempo, para mi es una muestra de amor infinita. Sé que tanto ella como mi papá están muy entusiasmados con la idea de ser abuelos y disfrutan más que nadie de acompañarme en la previa. Y esta idea de guardar algunas cosas para cuando Juli tenga hijos es una tradición que ni se me ocurre abandonar.

 

Esta manta la tejió mi tía abuela y es con la que mis papás me sacaron del sanatorio. El oso era uno de mis muñecos preferidos y antes de irme a dormir me acuerdo que le daba un beso y lo abrazaba fuerte.

Lo cierto es que mi mamá sueña con ser abuela desde hace años y yo estoy segura de que Juli la va a adorar (a los cuatro abuelos en realidad, que no quiero que ninguno se ponga celoso jeje). Yo pienso que todo ese anhelo tiene mucho que ver el ejemplo de abuela materna con el que nos vio crecer a mi y mis hermanos.

Lía (porque nunca le dije abu, nona, bobe o babe) murió en 2007, a los 92 años y hasta el día de hoy sigue siendo la pérdida más dolorosa que tuve que enfrentar en toda mi vida. De piel blanca y pecosa, pelo violáceo, manos con las arrugas perfectas para hacer las comidas más ricas que alguna vez probé, memoria ágil, pasión por los bombones de fruta, Popeye y Los Picapiedras, ella siempre se encargó de hacerme sentir como una princesa. Yo fui la nieta número 11 de los 12 que tuvo y desde que tengo memoria no pasó un día sin que hablemos por teléfono. Llamaba para desearme suerte antes de cada prueba, para recordarme que lleve paraguas si el pronóstico anunciaba tormenta, para invitarme a dormir a su casa o simplemente para saludar. Cuando dejaba un mensaje en el contestador cortaba diciendo “Lía”, como si uno no distinguiera desde el “hola” su particular tono de voz. ¡Ir a su casa era una fiesta! Debajo de las servilletas siempre había sorpresitas y mientras “los grandes” tomaban café ella se dedicaba a bailar conmigo, mi hermana y una de mis primas canciones de Chiquititas, para que después le hagamos un show entre las cuatro al resto de la familia. Nunca le importó hacer el ridículo para divertirse con sus nietos y hasta el final (cuando apenas podía caminar dos pasos sin agitarse y solo podía tomar líquidos con espesante) se mantuvo coqueta y radiante. “Nena portate bien!!!” y “Lía, Lía, Lía, de tanto que me llaman me van a gastar el nombre” son frases que nunca me voy a olvidar. Y de su sonrisa constante a pesar de tanta mala salud.

¿Será porque solo faltan cuatro meses para que llegue Juli que empecé a recapitular en lo feliz que fue mi infancia? Ahora que me falta poco para ser mamá, pienso en la cantidad de noches que ella habrá pasado sin dormir calmando mi llanto, en sus sueños cuando supo que yo y mis hermanos estábamos en camino y en los miedos que habrá tenido que afrontar en este rol tan lindo y complicado que parece ser la maternidad.

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