Relatos

Le dijeron que esperaba trillizos y su vida no volvió a ser la misma

La noche del 20 de junio de 2016 me encontraba abrazada a mi marido con un test positivo en la mano, un resultado que esperamos por 3 meses. A la mañana siguiente mi doctor de toda la vida me confirmó el embarazo y dijo que era muy pronto para ver algo. Debíamos esperar diez días. En ese tiempo elegimos un nombre de varón y otro de nena.

El 1 de julio entramos de la mano al consultorio y entre lágrimas escuchamos un corazón. Y luego: otro. Maravillados con la magia de la vida y extasiados salimos corriendo a contarles la noticia a los abuelos. Ni lo pensamos, solo queríamos gritar y llorar de felicidad junto a ellos. Uno a uno supieron de los mellizos o gemelos, porque en esa minúscula porción de vida aún no se distinguía si venían juntos o separados. Aprendimos e investigamos hasta convencernos de que esta doble aventura necesitaba de especial atención y servicios de salud que en nuestro pueblo no existían. Así llamamos al nuevo equipo: un ecografista y una obstetra de renombre.

El 27 de julio fue el turno de la Translucencia Nucal (TN).

-¿Qué sabes de tu embarazo? -dijo con voz seca el médico.

-¡Que son dos! -contesté firme y orgullosa.

-¿Y si yo te digo que no? -retrucó.

 
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Antes de entrar a la ecografía, por alguna razón que no puedo describir, me sentí abombada. Y en cuánto el doctor preguntó eso el limbo se desvaneció. Sentí que me moría y las lágrimas inundaron mis ojos.

“Son tres. Acá está uno solito y acá -dijo el especialista señalando la pantalla- dos juntos, en una bolsa separada por una membrana muy finita”. Él siguió hablando pero yo no pude oírlo. Todavía no había superado el shock de gestar dos bebés a la vez cuando me enteraba que no eran dos sino tres. Intenté reponerme pero él me aturdió con estadísticas de mortalidad, enfermedades y padecimientos que pueden sufrir los prematuros extremos. Me explicó que podrían morir uno, dos o los tres. En la panza o al nacer. Y yo me morí de miedo imaginándome de luto eterno. Mi pareja, blanco como un papel, me abrazaba, me consolaba y me repetía un cassette que ni él creía: “Amor, todo va a estar bien. No llores más por favor”.

“A” y “B” compartían placenta. “A” era el gemelo fuerte quién mejor se alimentaba y “B” el más pequeño. Medicamente era esperado ese proceso pero había que controlar rigurosamente que crezca lo suficiente (muchas veces uno de los dos deja crecer). “B” siempre estaba al limite del sufrimiento fetal.

Con el corazón hecho trapo conocimos a nuestra obstetra: María Haydeé. Ella nos marcó el camino. Supo ser profesional y compañera. Nos consoló, nos contuvo y nos demostró que ella se embarcaba con nosotros en esta aventura. Allí mismo nos preparó un botiquín con todo lo necesario para emergencias, nos dio su celular y se puso la camiseta de “Los Trillis”.

Pasamos largas semanas y junto a Lali (la nueva ecografista) formamos un equipo. Ellas pusieron todo su amor y sabiduría a mi disposición. Fueron 40 ecografías que nos hicimos con exhaustiva rigurosidad. En ese consultorio nuestros hijos eran “A”, “B” y “C” y dependíamos de sus valores para reír o llorar, y si era sábado celebrar una semana más. La meta: 30 semanas. Ese número significaba tener suficientes esperanzas de que los bebés resistieran el parto y la neo.

Y cuando llegamos a las flamantes 30 semanas mi objetivo cambió: 36. Todos alrededor contribuían para eso, atenciones de todo tipo y excesivos cuidados me tenían en una especie de burbuja a resguardo. Tuve que dejar de estudiar escribanía porque el viaje era un riesgo, dejé de trabajar para evitar presiones e incluso dejé de caminar, de estar parada. Cada semana María Haydee cortaba un poco más mi libertad y un 20 de diciembre me recluía en un hotel cerca de la clínica -120 kilómetros de casa- por prevención. Fueron 30 largos y calurosos días fuera de mi hogar, sin nada más que hacer que el arte de “empollar” mis 3 retoños.

Con 35 semanas de gestación me dolía la espalda y me pesaba todo el cuerpo. Cada noche era un suplicio para conciliar el sueño y descansar, no de dolor sino por una ensalada de sentimientos propios del estrés. Al leer esto ustedes pensarán: “Estabas en un hotel, híper relajada y atendida ¿De qué estás hablando?” Pero mi cabeza no olvidó aquella lista de enfermedades posibles en los bebés y tampoco dejaba de pensar en la muerte. Una paradoja terrible. Tenía 3 vidas naciendo en mi interior y yo no paraba de ver la muerte: la mía, la de ellos, la de todos, la de alguno. Y cada combinación me producía un inmenso dolor.

 
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Ese enero me hice un eco doppler cada 3 o 5 días, hasta que uno de ellos no dio bien. Sus corazones latían pero ya no sabíamos cómo estaban. “Mañana tienen que nacer, esa es mi recomendación”, dijo Lali cuando terminó de ver todo. Nadie me estaba preguntando si quería hacerlo o si estaba lista. Yo sólo pensaba que no había llegado a las 36 semanas, que sólo faltaban 4 días, que por favor me esperen. Pero el riesgo de posponer la cirugía era demasiado alto y entonces aceptamos.

Eran las 22 hs del 19 de enero cuando volví al hotel con Juan, abrazados y llorando, emocionados hasta la última fibra de nuestros cuerpos pedimos a gritos que todo marche bien. Puse en lágrimas todo lo que sentía y después de eso comí tanto como pude y quise. Al final de cuentas, mi época de consentida terminaba. En algunas horas sería madre y los trillis se llevarían todo el protagonismo.

A las 11 de la mañana ya estaba internada con suero y a la espera de entrar al quirófano. No distinguía si tenía más sed que miedo cuando entró una enfermera avisándome que ya era la hora. Mientras me ponían la anestesia María Haydee me abrazaba y alentaba a que todo iría bien.

A las 12.30 escuché “ahí viene el bebé C” y mi mundo cambió. Con gran emoción dije el nombre que con tanto amor habíamos elegido: Joaquín Alejandro. Todavía no asumía que ya era madre cuando escuché que venía “A”. Sólo habían pasado dos minutos y otra vez mi voz: “José, se llama José Ignacio”. Por último 12.33hs, mi chiquito Juan Blas, “B”, el gemelo que más luchó y por quien más fuerza hacíamos desde afuera. Era mamá de trillis lo habíamos logrado. Y eso que la verdadera aventura recién estaba por empezar.

Su papá y sus abuelas los llevaron a neo en brazos. Los tres respiraban por sí mismos, era un milagro. 2.3, 2.4 Y 2.1KG de puro amor me esperaban así que ahora tocaba recuperarme para ir a verlos. A la noche pude visitarlos. Lloré y en silencio agradecí al cosmos, a Dios y al destino, la fortuna de tenerlos.

Luego empecé mi “peregrinación” a neo, día tras día durante 8 jornadas. La mitad los viví en un cuarto de la neo donde me pusieron una cama junto a ellos para que “aprendiera” a ser mamá múltiple bajo la lupa de doctores y enfermeras. Pregunté y anoté tantos consejos como pude y volví a gritar y llorar nuevamente miles de veces: de angustia por no saber que hacer con pequeños cuerpos cableados, de dolor sabiendo que los pinchaban, de ansiedad por irnos. Porque así como soñé verlos nacer ahora soñaba con el alta.

Salimos de allí sin sobresaltos, con bebés sanos y gorditos, que se alimentaban bien con mezcla de leche de fórmula y teta. Durante una semana nos quedamos cerca de la clínica, hasta que nos animamos a volver a nuestro pueblo. ¡Cuánto vértigo y cansancio traíamos!

 
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Con el tiempo armamos alrededor de ellos una logística sin igual: rutinas de sueño, esquemas de alimentación y muchos brazos. Contar con ayuda es indispensable, pero se añora la intimidad y el hecho de ser solo nosotros 5. Sin embargo, sin la compañía de la familia y de niñeras hubiera sido imposible.

Durante este año no pudimos escapar que se enfermen pero sacaron garras como siempre y la bronquiolitis es una cicatriz del pasado. También experimentamos largas noches de desvelo y en el precipicio del desborde nos hamacamos muchas veces. Toleramos verlos crecer bajo la atenta mirada de un montón de curiosos, que siempre los rondan para saber que tan sincronizados comen o lloran -gajes del oficio dicen de la trilliaventura. También aprendimos, sufrimos y festejamos cada gramo y centímetro de crecimiento.

Hoy pesan 11.5 kg de promedio y su altura supera la media esperada para su edad. ¡Lo logramos! Somos el resultado de superación, fe y trabajo en equipo.

¡Gracias Susy por compartir esta historia!

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